La soledad del manager - Vázquez-montalbán
Xavi Molins
Xavi Molins
La ambulancia
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Vázquez Montalbán, mis padres y la magia de los libros
Publicado el Lunes 16-01-2017 - (0 comentarios)


Vázquez Montalbán


Mi padre era un gran lector.
Si hay algo de lo que estoy seguro, es que mi amor por los libros y la literatura tiene mucho que ver con aquella imagen que guardo de él leyendo en la penumbra de la caravana en la que viajábamos por España y Europa durante los veranos. De la pared de su habitáculo, se había hecho colgar una lámpara diminuta que proyectaba una luz tenue con la que podía leer por las noches sin molestar ni a mi madre, ni a mi hermano, ni a mí.

Una vez, viajando por España, se quedó sin nada que leer. Recuerdo que fue a ver si en aquel supermercado del camping en el que estábamos tenían algún libro.
Volvió sonriente, y dejó encima de la mesa el libro que había comprado.
La portada era de color negro, y aparecía la cabeza de una mujer que estaba de espaldas. El cuerpo permanecía totalmente oculto por la típica tira que rodea a los libros que les colocan ese distintivo para comunicar que se trata de un superventas, de un libro que ha vendido miles de ejemplares.
Fue mi madre quien retiró esa banda y, ante el asombro de todos, apareció el cuerpo semidesnudo de una mujer de figura y lencería muy setentera.
Recuerdo la cara de sorpresa de mi madre al ver aquella imagen. Dirigió sus ojos hacia mi padre, y le inquirió contrariada.
–¿Pero qué te has comprado?
La cara de mi padre era de incredulidad. Miró la portada del libro varias veces, como si no fuera posible que un libro aparentemente inocente de repente apareciera como sospechoso.
La manera en la que mi padre se defendió no era la de alguien que se siente amenazado. De hecho, recuerdo que hacía un esfuerzo para que no se le escapara la risa. Cogió la banda de papel y la puso donde estaba. De nuevo el cuerpo de la mujer quedaba oculto.
–¿Lo ves? –dijo, tratando de mostrarse convincente. ¿Cómo iba yo a saber que debajo había una mujer desnuda?
En realidad no era una mujer desnuda, sino una mujer en ropa interior. Pero bueno… en aquella época, poco importaba esa diferencia.
–Es un libro de Vázquez Montalbán –siguió justificándose–. No es un libro erótico, es una novela.

No recuerdo qué edad tendría yo en aquel momento, pero probablemente no sobrepasaría los diez años. No pude ver durante muchos segundos aquella portada ya que mi madre la apartó de mi vista. Pero a pesar de la visión apenas momentánea de aquel libro, la imagen se me quedó grabada perfectamente, como se quedan en el recuerdo todas aquella cosas que un niño de menos de diez años considera importantes.

Al cabo de muchos años, es posible que más de quince, me hallaba paseando por Barcelona. Llegué hasta un mercadillo de ropa de segunda mano, donde también había puestecillos de cachivaches varios y mesas enteras de libros de segunda mano.
El pulso se me aceleró cuando allí en medio, mezclado entre otros muchos libros, observé aquella inolvidable portada negra con la mujer semidesnuda. O desnuda, como decían mis padres.
Cogí el libro con cariño. Lo sostuve en mis manos durante un buen rato. Si el librero me estuvo mirando durante aquellos instantes, seguramente no se atrevió a decirme nada. Porque yo no cogí aquel libro como un cliente dispuesto a valorar una posible compra. Yo cogí aquel libro como alguien que abraza a un ser querido al que hace tiempo que no ve, como alguien que atrapa un recuerdo imborrable, como alguien que rememora un pasaje de su vida y que lucha por sentirlo de forma más intensa.
Pagué al librero lo que me pidió, no recuerdo cuánto.
Si el librero fue un poco avispado, seguro que aumentó el precio de forma desmesurada, porque ni el menos perspicaz de los vendedores hubiera tenido la más mínima duda de que yo iba a comprar aquel libro costara lo que costara.

El título del libro era “La soledad del manager”. Tan pronto llegué a casa, empecé a leerlo con devoción. Ya no había marcha atrás. Leer los primeros capítulos fue adentrarme en el universo de Vázquez Montalbán, y más concretamente de Pepe Carvalho, detective protagonista de muchas de sus novelas.

Los grandes escritores no sólo hacen buenos libros. Los grandes escritores crean un mundo propio, un lenguaje propio. Y Vázquez Montalbán lo hacía. El escenario perfecto era esa Barcelona preolímpica que tan bien plasmó en sus novelas. La Barcelona en la que yo crecí, la Barcelona en la que vivieron mis padres.

Por eso cuando hace unas semanas la familia de Vázquez Montalbán decidió donar su archivo a la Biblioteca de Cataluña, sentí que la sociedad recibía un inmenso regalo que servirá para conocer todavía más a este gran escritor que nos has dejado el impagable patrimonio de una extensa obra que servirá para explicar a futuros lectores cómo era la Barcelona de la post-guerra, de la época de Franco y de la transición.

Al hacer la donación, su viuda, Anna Sallés, declaró que estaba siendo muy duro desprenderse del legado de su marido porque era como vivir por segunda vez la pérdida de una persona.
Pero pocas veces una “muerte” lleva consigo tanta vida. Porque para muchos, esta donación significará la definitiva inmortalidad de un escritor entrañable, de alguien que dejó en sus libros la esencia de la persona que era.
Y la esencia de lo que fuimos.
Por eso la noticia de la donación de su archivo a la Biblioteca de Cataluña, además de alegría, lleva consigo una innegable nostalgia.
Nostalgia de un tiempo pasado.
De historias magistralmente contadas.
De la Barcelona en la que se conocieron mis padres.
Nostalgia de aquellas noches leyendo hasta muy tarde las aventuras de Pepe Carvalho.
De aquellos tiempos en los que soñaba con ser escritor.
De mi padre leyendo por las noches.
De la habitación de la casa en la que crecí, repleta de libros.
De los mercadillos de libros de segunda mano.
Nostalgia de los escritores que ya no están entre nosotros.
De sus libros.
De los mundos que crean a partir de sus libros.
De los momentos inolvidables que nos hacen vivir a través de sus letras.

Vázquez Montalbán es de los autores que considero que han sido claves en la manera en cómo los libros me han podido influir. Mi agradecimiento a su familia no es sólo por hacer la donación de su legado. Es, al fin y al cabo, un matiz más de esa eterna gratitud que profeso a los escritores sin los cuales mi vida no hubiera sido la misma.




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