Consellers encarcelados Presos políticos
Xavi Molins
Xavi Molins
La ambulancia
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Yo, que estuve a punto de ir a la cárcel, puedo imaginar qué sienten hoy los ‘consellers’ liberados.
Publicado el Lunes 04-12-2017 - (6 comentarios)





Ya han salido de prisión preventiva seis de los diez ‘consellers’. Es un caso que estoy siguiendo con especial atención, porque durante todos estos días que han pasado en la cárcel, tanto ellos como los cuatro ‘conseller’ restantes y ‘Los Jordis’, no he podido evitar sentirme totalmente identificado con ellos, porque yo también estuve en prisión preventiva durante 30 días esperando la decisión de un juez. Y la sensación de que existe una persona en cuyas manos está tu vida, es de un desasosiego inquietante. Y más cuando se te acusa de algo que no has hecho, como a mí me pasó, como a los ‘consellers’ y los ‘Jordis’ les ha sucedido.

Podría empezar mi relato de muchas maneras, pero quiero empezarlo de una manera ingenua que denote mi inocencia. Porque yo, cuando el peso de la justicia cayó sobre mí, tan sólo había cometido un delito: era un hombre profundamente enamorado.
Apenas tenía 18 años, estaba cumpliendo el servicio militar en Zaragoza y, para cumplir toda clase de tópicos y típicos, me había enamorado de una maña que se llamaba Pili. Hacía ya días que no éramos novios, pero yo no podía dejar de pensar en ella. También hacía días que estaba arrestado, probablemente más de una semana. Como en la época no había ni WhatsApp, ni mails, ni móviles, la distancia entra ella y yo era simplemente mi ausencia en el pub Casablanca, de la calle Doctor Cerrada del centro de Zaragoza, donde siempre nos encontrábamos. Es probable que ella pensara que yo ya me había olvidado de ella y que por eso ya no frecuentaba ese lugar, pero no había nada más lejos de la realidad: yo no podía sacármela de la cabeza.

Por tal motivo, yo había tomado una firme decisión: me iba a fugar del cuartel para ir a encontrarla. A pesar de que yo contemplaba la posibilidad de que ella ya no se acordara de mí. Eran otros tiempos… las parejas no se comunicaban porque no habían métodos como los de hoy en día, y el desconcierto entre cada una de las partes era total. Nunca sabías lo que pensaba la otra persona. Un conflicto como aquel, hoy en día se hubiese solventado con una etiqueta en Facebook.
Sin embargo, yo ya había incluso fijado el día que iba a fugarme. El 12 de Octubre, día del Pilar, el día de su santo, día de fiesta grande en Zaragoza. Seguro que ella saldría esa noche, así que yo debía estar allí, en el Casablanca.
Sabía que fugarme del cuartel no iba a ser sencillo, y seguramente iba a ser todo más difícil si intentaba hacerlo solo. Así que hice algo de lo que hoy en día no me siento demasiado orgulloso: embauqué a tres amigos que también estaban arrestados. Siempre les oculté que mi verdadera intención era encontrar a la mujer de la que estaba enamorado. Les hablé de la emoción de escaparse, de la adrenalina de saltar la valla que nos separaba del mundo civil, de la sensación de victoria que albergaríamos al irnos de noche y volver antes de que saliera el sol. Como eran tres descerebrados, casi tanto como yo, no tuve que insistir demasiado para que secundaran mi plan.
Así que aquella noche, sobre las diez y media, empezó la que probablemente haya sido la noche más emocionante de mi vida. Cuando ya todos estaban durmiendo, Vera, Maylinch, Abadía y yo saltamos por la ventana de la habitación sin hacer demasiado ruido. De hecho, me sorprendió el sigilo con el que fuimos capaces de empezar nuestra fuga. A partir de ahí, el corazón empezó a latir desbocado, porque a esas alturas ya sabíamos que no había marcha atrás. Ya habíamos burlado al soldado de guardia de la puerta del edificio, así que vernos sorprendidos en aquel momento era como admitir que nos estábamos fugando. El objetivo era llegar hasta la valla que nos separaba del otro mundo, de la libertad. Pero para llegar hasta allí, además de atravesar todos los demás edificios del cuartel, debíamos cruzar un bosque. De alguna manera, sabíamos que si llegábamos al bosque estábamos salvados, porque llí sería mucho más fácil camuflarnos. Pero justo antes de llegar a los primeros árboles, la sangre se nos heló cuando un guardia, ataviado con su fusil, nos dio el alto. Por aquellas casualidades de la vida, resultó ser un amigo de no recuerdo si de Vera o Maylinch, así que abrigados por la noche y en apenas un instante, hicimos un pacto de caballeros que consiguió comprar el silencio de aquel guardia al que seguramente caímos simpáticos. Ya una vez en pleno bosque, tan sólo fue cuestión de dar con el camino adecuado hasta encontrar la valla. El momento glorioso de saltarla quedó inmortalizado con unas fotos que nos hicimos (prometo escanearlas y ponerlas aquí). Una vez fuera, todavía escondiéndonos, cruzamos la autovía y, por la parte trasera de aquella gasolinera que rodeamos, accedimos a los lavabos, donde nos quitamos las ropas militares y nos pusimos ropa de calle.
Los convencí para ir al Casablanca, donde después de un buen rato, amargamente me frustré al no hallar ni rastro de Pili. Y entonces, sintiendo un enorme desamor al comprobar que mi gesta no había servido para nada, hice lo que cualquier post-adolescente hace en una noche dolorosa: emborracharme sin control.
Cometí un grave error, porque tendría que haberme dado cuenta de que de aquella pandilla yo era el más sensato de los cuatro, así que de mí dependía acordarse de que el plan original era volver al cuartel antes de las 5 de la mañana para poder saltar la valla, atravesar el bosque y el cuartel y volvernos a meter en la cama antes de que se hiciera de día.

Pero aquella noche loca empezó a acabarse cuando, borrachos como cubas, la luz del alba nos sorprendió con un cerveza en la mano haciendo el canelo por las calles de Zaragoza. Nunca la salida del sol resultó ser tan dramática, y a partir de ahí empezó el dantesco espectáculo de cuatro jovenzuelos dando tumbos intentando regresar al cuartel. Seguramente uno de los momentos más ridículos de mi existencia ha sido el tratar de saltar la valla para volver a entrar al cuartel en aquel estado de embriaguez. Aquella valla de alambre de apenas tres metros de altura, se antojaba entonces el más alto de los muros. Abadía, que medía más de metro ochenta y que pesaba sus tantos kilos, yacía en el suelo y ya no podía caminar. A día de hoy me avergüenzo de mí mismo al pensar que por un momento estábamos convencidos de que íbamos a poder saltar la valla por nuestros propios medios y encima hacer pasar a un tío de metro noventa como el que lleva un bebé a coscoletas.
Finalmente, decidimos que no valía la pena intentarlo más, entre otras cosas para no poner en riesgo nuestra integridad física, así que empezamos a asumir nuestra derrota y convenimos en entrar directamente por la puerta. Yo era un hombre abatido, que daba por perdida a la que creía que era la mujer de mi vida, así que ya nada en el mundo me importaba. Con la frescura que da el saber que no tienes nada que perder, pensé que nuestra entrada al cuartel debía ser como mínimo exótica, así que al soldado de guardia que estaba en la entrada le dije que éramos los encargados de traer el desayuno al cuartel, que traíamos chocolate y churros para todo el regimiento. Aquel soldado, merecedor de un premio al militar más empanado de todo al escuadrón, me preguntó si yo podía acreditar aquello, si tenía algún carnet de churrero. La risa floja se me truncó justo al ver acercarse hacia nosotros al sargento de guardia, con cara de pocos amigos. Ya habían notado nuestra ausencia, en parte porque probablemente eran más de la nueve de la mañana y ya había una orden de búsqueda a nuestro nombre.

La resaca de aquella noche se me pasó de golpe al día siguiente, justo cuando comprendí que había cometido un grave error, y que el problema de cometer errores se vuelve dramático cuando tienes un enemigo que está esperando que los cometas. Y yo tenía un enemigo: el capitán Belmonte, que se frotó las manos y se le advirtió un sospechoso brillo en los ojos cuando nos anunció que nos iba a denunciar por desertores. Y desertar en el ejército es uno de los delitos más graves, castigado con la cárcel. Al día siguiente, y mientras estábamos todos formados delante del cuartel, apareció un furgón de la policía militar y, ante la mirada de todos nuestros compañeros, nos metieron dentro como si fuéramos delincuentes. De allí nos llevaron delante del juez, donde declaramos. De vuelta ya no nos llevaron al cuartel, sino a un centro disciplinario militar donde estaríamos ingresados preventivamente y sin libertad, hasta que el juez decidiera si nos enviaba a la cárcel o nos dejaba libres.

Aquellos hechos que sucedieron en 1994, son idénticos a los acontecidos las últimas semanas, y pudiérase decir que lo que nos pasó a nosotros es lo mismo que les ha sucedido a los ‘consellers’ y ‘los Jordis’. El patrón es el mismo, y han vivido la misma secuencia que empieza por dos graves faltas de apreciación: medir mal las fuerzas propias, y subestimar las del enemigo. Enemigo que está esperando que cometas un error para poner en marcha la máquina del poder que ellos tienen y tú no, capaz de convertir a cuatro jóvenes de 18 años con ganas de hacer una chiquillada en cuatro peligrosos desertores, y capaz también de acusar de rebelión a alguien que no ha hecho propiamente eso.

Nos raparon el pelo al cero y nos pusieron el traje con el cual se identifica a los presos militares, un desagradable mono de color verde caqui. Y allí empezó a correr el reloj, y sólo alguien que haya estado privado de libertad sabe lo lentas que pueden llegar a pasar las horas.
Pero albergábamos una fuerte esperanza, no por confiar en una justicia que ya nos había encerrado preventivamente, sino porque nuestro caso tenía una particularidad: el juez tenía hasta cuarenta y cinco días para emitir un veredicto, pero nosotros en treinta días acabábamos la mili y, según nos habían dicho, un juez militar no nos podía juzgar si ya no éramos militares. Por tanto, quedaríamos en libertad de forma automática.

Así pues, empezó una interminable cuenta atrás en donde cada nuevo amanecer era un día menos que quedaba para esos treinta que nos separaban del plazo. Es curioso comprobar cómo en lugar de tener esperanza en que el juez emitiera un veredicto a nuestro favor, basábamos nuestra fe en que el juez se olvidara de nuestro caso, que se le pasara por alto que en treinta días dejábamos de ser militares y que no podría juzgarnos, o que simplemente tuviera casos más importantes de los que ocuparse. Fue, a la temprana edad de dieciocho años, cuando dejé de confiar en la justicia. Yo tenía claro que si alguien analizaba nuestro caso con un poquito de sentido común vería que no éramos peligrosos desertores que había que enviar a la cárcel. Es cierto que merecíamos un castigo, pero arruinar la juventud de cuatro insensatos era una decisión desproporcionada. Pero el caso es que habernos encerrado en prisión preventiva era ya de por sí una aberración, por eso ya había perdido la confianza en una justicia que se mostraba vinculada al poder de manera inseparable. Y el poder, en aquel caso, era el capitán Belmonte, que había conseguido su objetivo.
El tiempo fue pasando lentamente, y al final llegó el momento en que se cumplieron los 30 días. Legalmente, ya no éramos militares y, como el juez no se había pronunciado, nos dejaron salir del Centro Disciplinario Militar. Nos llevaron al cuartel. Allí nos estaba esperando el capitán Belmonte, con su posado arrogante. No recuerdo exactamente cuáles fueron sus palabras, pero fue algo así como “espero que hayáis aprendido la lección”.Dijo que ya nos podíamos ir, que hiciéramos las maletas y que nos fuéramos. Cuando los cuatro nos dispusimos a irnos, el capitán me miró y me dijo: 'Tú no, tú espérate aquí”. Recuerdo la mirada de mis compañeros, mezcla de incredulidad y lástima. Se fueron hacia sus taquillas a recoger sus cosas, y nos quedamos solos el capitán y yo.
–¿Te acuerdas del día que te fugaste? –me preguntó.
Asentí expectante.
–En aquel momento –continuó–, estabas cumpliendo un arresto. Pero era un arresto del cual aún te quedan quince días por cumplir. Así que ahora, te quedarás aquí hasta que cumplas esos quince días que aún te quedan. Será entonces cuando puedas licenciarte. Aquellas palabras cayeron como una losa sobre mí. Porque era muy fácil hacer cuentas: si el juez tenía cuarenta y cinco días para emitir veredicto, y yo me quedaba quince días más en el cuartel y por tanto seguía siendo militar, era seguro que entonces tendría sentencia, y esa sentencia podría ser el ingreso a prisión.
Sentí cómo en mi interior se desataba un torbellino de ira e impotencia, producto de la acumulación del desespero de los últimos 30 días mirando el calendario y descontando las horas. Por momentos todo parecía irreal, como una pesadilla de la que uno quiere despertar. En aquel momento, el capitán Belmonte tenía instalada en su cara una indisimulable satisfacción. Era la perfecta imagen de la victoria. Y esa connotación fue en aumento hasta llegar al cenit, momento en el que me dijo:
–Pero te voy a perdonar –pronunció, vehementemente. Así que ya te puedes ir.
Alargó su mano y me entregó una hoja de color blanco, mi documento de licenciatura. Lo hizo todo con una postura de supremacismo que a día de hoy todavía me enerva la sangre.
Seguramente es el momento de mi vida en que me he sentido más humillado, porque tener que aceptar el perdón de alguien al que odias es algo que va en contra de los principios de cualquier persona que los tenga.
Cogí la hoja de su mano sin dejar de mirarle a los ojos, a pesar de que eso era una postura que en teoría no podía permitirme.
Recordé todas aquellas cosas que durante treinta días había pensado que le diría el momento en el que fuera libre y pudiera permitirme hablarle de igual a igual. Tenía incluso el discurso preparado. Le iba a decir que era un miserable, un cobarde que abusaba del poder porque el hecho de que le dejaran mandar ero lo mejor que le había pasado en la vida. Quería decirle que no hacía falta pasarse cinco años estudiando en una academia militar para cuando llegara el momento utilizar el recurso fácil de encerrar a todos aquellos que no puedes dominar o convencer. Le iba a decir que era una conducta pueril hacerse respetar ejerciendo la autoridad de una manera desproporcionada. Le iba a decir tantas cosas….
Pero no pude.
Nada de eso pude decirle a la cara, porque el poder gana siempre y sobretodo gana al final, cuando te perdona y cuando te hace aceptar ese perdón aún a sabiendas de que no eres merecedor del castigo.
Más tarde me dijo que también me perdonaba porque entraba un reemplazo nuevo de soldados y no quería tenerme allí quinces días revolucionándole el gallinero, pero eso no consiguió devolverme ni un ápice de dignidad.
Me dirigí hacia mi taquilla y empecé a hacer mi maleta.
Volvía a casa.
Se colaban resquicios de alegría por algún lugar de mi cuerpo, pero la derrota era tan abrumadora y la humillación tan grande que apenas podía percibirla.
Necesitaba tiempo para asimilar todo aquello.

Hoy, los seis ‘consellers’ que han salido de prisión, han tenido que hacer lo mismo que hice yo en su día: aceptar el perdón del mismo poder que te ha encarcelado de manera injusta y desproporcionada, para poder así evitar la cárcel a costa de renunciar a tus principios, a tus ideas.
Sé perfectamente qué han sentido los seis consellers en abandonar la cárcel hoy.
Han sentido lo mismo que sentí yo aquel día.
Enfundado en mis tejanos azules y con una enorme bolsa llena de cosas, no pude evitar volver la vista atrás justo antes de cruzar la entrada principal de aquel cuartel.
El viento era frío, pero nada era más gélido que el pensamiento interno. Cuando ya mis dos pies estaban fuera de aquel recinto militar, acepté la realidad de aquel pensamiento, como seguro han tenido que aceptarlo hoy los seis ‘consellers’. Si no me falla la memoria, incluso lo pronuncié para poderlo interiorizar cuanto antes y empezar a convivir con él: ‘Estoy en libertad, pero no soy libre’.



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6 Comentarios
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4/12/2017 - Martin Madridejos
Me ha encantado el artículo. Tienes esa facilidad de relacionar experiencias personales con análisis de
actualidad. Muy, muy entretenido. Osea que eras un 'perla' a tus 18. Gracias Xavi, seguiremos luchando por
las injusticias!
4/12/2017 - Xavi
Me alegro que te haya gustado el artículo Martin!
Bueno lo cierto es que hace tiempo que las cosas que suceden coinciden con cosas que me han pasado, pero
eso en cualquier caso es mérito del azar, no mío. :)
Un abrazo!!!
4/12/2017 - Tonie
Hola Xavi,
Acabo de leer tu artículo/ relato. También he leído otros de tus relatos en tu web. Bien, a nadie le hace
gracia entrar en prisión, y más si piensa que es injusta su detención.
La rabia que se debe sentir debe ser grande, pues es en ese momento, cuando te das cuenta de que por
mucho que creamos que tenemos razón (tenemos nuestra razón), cuando se trata del futuro de un pueblo
no es igual que perder la cabeza por una novieta… Ni la inocencia debido a la edad en ambos actos son
comparables… Ni siquiera el amor que te empujó a realizar tal acto de rebeldía.
En todo momento pensaste que tu mando te humilló, y ¿ en ninguno te preguntaste cual es la función de
un soldado?¿ ni que hay una jerarquía?¿ni unas normas? ¿Cuando tu maestro, padre, madre, te
regañaban por hacer una tropelía, también pensabas que el castigo que te caía era injusto porque
pensabas que no te lo merecías?¿nunca has tenido algún jefe “puñetero”, por decirlo finamente, que te ha
fastidiado llamándote la atención por algo que has hecho mal, delante de los demás? Pues estar en el
ejército y desertar no es moco de pavo. Hace años se decía que quienes hacían la mili, volvían hechos
hombres (falso totalmente), pero sí que es verdad que en muchas ocasiones te das de bruces con la
realidad, que no es otra que respetar una autoridad que no es la de tus padres. Soportarla y sobrevivir a
ella es un antídoto contra la frustración. Seguramente cuando te encuentres en una situación en la vida
civil (a no ser que cometas un delito) en la que alguien quiera imponer su voluntad por encima de la tuya,
no lo permitirás, quizás empujado por esa rabia e impotencia que sentiste aquel día. También podría pasar
que te quedaras paralizado, como consecuencia del trauma vivido. Pero me inclino más por la primera
opción.
Para no desviarme más creo que es muy ingenuo pensar que los ex –consellers no sabían las
consecuencias de sus actos; a qué desafiaban, a qué se enfrentaban y qué reglas del parlament y
constitucionales se habían saltado. Tienen abogados y asesores, y todo lo tenían bien medido (o casi
todo). En fin. Son víctimas. Pero son víctimas por voluntad propia… Y sacarán rédito de ese victimismo, y
también lo saben. Serán nuevos mártires, que también les hacían falta a las jóvenes generaciones,¿
verdad?. Y pasados los años tendremos nuevos Companys, nuevos cuentos que explicar a los nietos, de
opresores y oprimidos, y ya no nos acordaremos que hubo un tiempo en que vivíamos bastante bien, en
que gentes de aquí y allá vivíamos en concordia en esta Catalunya, a pesar del paro, a pesar de las
desigualdades sociales, a pesar de los recortes sociales impuestos por unos y por otros. Eso no
importará… Porque solo existirá el otro relato.
En un estado de derecho, como en la casa de cualquier hijo de vecino, si te saltas las normas, hay
consecuencias. Esto ya no es la escuela de acompañamiento en que se deja a los alumnos aprender solos,
de sus propios errores. Y tampoco es una reprimenda como la de los papis. En este caso el castigo es un
castigo de adultos, con conocimientos de sus causas. No ha sido nada inocente, ni adolescente, y ya está
bien de echarles las culpas a los demás… A veces hay que hacer autocrítica también. ¿no crees?
Quizás lo que se buscaba era una financiación como la del país vasco, y no ha salido del todo bien…
Quizás.
4/12/2017 - Ubay Serra
Qué gran relato, muy bueno. Al igual que el nos escribiste sobre la fuerte convicción que te llevó a seguir tu
camino a pesar de las dificultades y lo comparaste con el tema de la independencia, en esta ocasión, el
paralelismo con tu vida es realmente asombroso, además de intenso y divertido. Gracias por relatarnos con
tanta pasión y esmero este curioso pasaje de tu vida. Un abrazo
4/12/2017 - Xavi
Gracias Ubay por hacerme saber que te ha gustado el relato. Lo cierto es que últimamente suceden cosas que
casualmente están vinculadas a experiencias pasadas mías, así que aprovecho para escribir sobre ello. Y
también me sirve para volver la vista atrás y recordar el camino recorrido, que siempre va bien!!!
5/12/2017 - Marta Bautista
Como siempre, encantada de leer tus post. Gracias por compartirlos. Como dice Martin, seguiremos luchando
contra las injustícias.

 
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