Xavi Molins
Xavi Molins
La ambulancia
¿Sobre qué escribo en esta web? Libros, viajes, emprendimiento, marketing on-line, política, fútbol... y sobre todo aquello que me apetece compartir contigo.



Cuando ocultar la verdad te hace ir demasiado lejos (mi pequeño homenaje a George Michael)
Publicado el Lunes 25-06-2018 - (3 comentarios)





Hay sucesos en la vida que no se olvidan nunca. Pasen los años que pasen.
Por eso, a pesar de que lo que voy a contar sucedió hace ya mucho tiempo, todavía hoy sonrío cuando recuerdo aquel día en que, por primera vez, mis padres me dejaron solo en casa.

No fue una situación planificada. Era verano y no había escuela, y yo debía quedarme con mi madre mientras mi padre se iba a trabajar. Mi hermano, creo recordar, estaba en clases de repaso durante toda la mañana.
Si no me falla la memoria, la dependienta de la joyería de mis padres había enfermado y por tanto, aquella mañana, mi madre debía ir también a la joyería con mi padre. Eso no hubiese sido un problema para ellos si no fuera porque yo, que por aquel entonces debería tener alrededor de diez años, me tenía que quedar solo en casa. Mi padre sentenció que yo ya era mayor y que algún día tenía que ser el primero en que yo demostrara que podían confiar en mí, pero mi madre, prudente como todas las madres, era reacia a pensar que aquel día había llegado.
Finalmente, y como tampoco tenían demasiadas opciones, decidieron que me quedara solo en casa.
Mi madre, preocupada, me dio pocas órdenes pero muy claras: no abras la puerta a nadie, ni se te ocurra salir de casa y no hagas cosas raras. Lo mejor que puedes hacer es aprovechar para estudiar, me dijo, ilusa. Me dio permiso para ver televisión toda la mañana, seguramente pensando que todo el tiempo que pasara sentado en el sofá eran horas en las que no podía suceder nada malo.

Tan pronto cerraron la puerta de casa al irse, empecé a saborear la libertad de saberme solo y sin nadie controlándome. Disponía de toda la mañana para hacer lo que me diera la gana, así que empecé poniendo música a todo volumen. Puse el que entonces era una de mis grupos favoritos, Wham, capitaneado por George Michael, a quien yo quería parecerme. Puse varias canciones y bailé como un loco. Me imaginé cantando encima de un escenario, con un micrófono en la mano y dirigiéndome a todas mis fans.
Estaba solo en casa, podía hacer todo lo que quisiera y nadie me estaba mirando. ¿No era aquello estupendo?
Puse una canción tras otra, sin dejar de moverme. Arriba y abajo. Bailando, saltando, cantando. Como nadie me vigilaba y me sabía libre, me fui hacia el baño, a mirar en el espejo el efecto de ver cómo con el micro cantaba y me dirigía a los asistentes a mi concierto.
Y entonces fui más allá.
Dejé el micro imaginario y con la misma mano cogí el cepillo de mi madre para empezar a peinarme y repeinarme. Yo quería ser George Michael, así que me intenté peinar como él. Sin dejar de mirarme en el espejo, me plantifiqué un tupé que resultó ser una creación de alto diseño, flequillo pa’rriba y todo de una simetría que hubiera firmado el propio Travolta. Sólo me faltaban las mechas. Afortunadamente mi madre no dejó por ahí encima ningún tinte, porque con el subidón que llevaba hubiera sido capaz de cualquier cosa y probablemente hubiese acabado como un puerco espín de Nueva Zelanda.
El caso es que la música seguía, yo ya estaba totalmente caracterizado y aquello era un festival cuando todavía no eran ni las nueve y media de la mañana.

Al cabo de un rato, decidí descansar. Estaba sólo y nadie me controlaba. Podía hacer lo que quisiera, sin dar explicaciones a nadie. Así que ahora iba a ver un rato la tele. Sin nadie que me dijera qué es lo que podía ver y qué no, sin ningún control sobre el tiempo que me pasaba viendo mis dibujos animados favoritos.
Pero al ir a conectar la tele… ¡no se encendía!
Revisé todo lo que alguien que tiene diez años puede revisar, pero la tele seguía sin encenderse. Era muy extraño… le daba al botón, pero no pasaba nada.
Cuando ya llevaba un rato pensando qué podía suceder, empecé a plantearme la opción de llamar a la tienda de mis padres para preguntarles qué podía estar sucediendo. No me acababa de gustar la idea, ya que de alguna manera parecía que les estaba molestando y si hay algo que aquel día quería conseguir era convencerles de que podía quedarme solo en casa sin representar un inconveniente para nadie. Pero finalmente decidí llamar. Tampoco era nada malo… además, mi madre me había dado permiso para ver la tele todo el rato que quisiera.

Me dirigí hacia la mesita del comedor donde estaba el teléfono y marqué el número de la tienda de mis padres. Se puso mi madre, a quien le expliqué que la tele no se encendía. Curiosamente, mientras se lo estaba explicando, me vino a la cabeza lo que creí que sucedía: la tele no estaba enchufada a la corriente.
Dejé a mi madre con la palabra en la boca y le dije que se esperase, que creí saber lo que pasaba. Como por aquel entonces no existían los inalámbricos, dejé el teléfono en la mesa con el auricular hacia arriba y me dirigí hacia el televisor. Al fondo del mueble, detrás de todo, vislumbré un trifásico con varios cables. El espacio por donde estaba mirando era tan estrecho y oscuro que no llegaba a ver con exactitud si había algún cable mal conectado. Pensé que quizás todo era tan sencillo como intentar meter el brazo por ese espacio y, aunque no podría ver dónde tocaba exactamente porque mi mismo brazo me taparía la visión, seguro que con un poco de tacto podría cerciorarme de si había algún cable suelto.
El caso es que metí el brazo. Me costó, puesto que el espacio era muy reducido. Alcancé el trifásico, toqueteé un poco e intenté visualizar en mi mente lo que estaban tocando con mis dedos.
Fue entonces cuando sentí un calambrazo que hoy, más de treinta años después, todavía no he olvidado. Es probable que no fuera la primera vez que me pasaba la corriente, pero lo que sí es seguro es que nunca en mi vida he sufrido una enrampada como aquella.
Pero lo peor era que el dedo índice se me había quedado enganchado en el enchufe y no podía sacarlo. Como además me había costado tanto meter el brazo por aquel rincón, ahora no podía sacarlo.
Fue un momento de pánico que hizo que me asustara muchísimo. Por momentos me sentí atrapado, sin poder sacar la mano de ahí. Comprendí que un dedo se me había quedado enganchado entre el trifásico y el enchufe de la tele y fui consciente desde el primer momento de que debía sacar el brazo de allí tan pronto fuera posible. Pero no era fácil, puesto que mi brazo estaba rígido, entre el mueble y el televisor, y no tenía libertad de movimiento.
Si hay algo que recuerdo perfectamente son los alaridos que daba. Era muy extraño, porque me oía a mí mismo chillando pero no era consciente de que fuera yo quien estaba gritando.
Noté que los ojos me temblaban y sentí una calentura en la cabeza, como si se me estuviera chamuscando el cerebro. No puedo cuantificar con exactitud cuánto tiempo estuve en esa horrible situación, pero probablemente no fueron más de 3 o 4 segundos. Pero se hicieron muy largos. En todo momento fui consciente de que si no conseguía sacar el brazo de allí me iba a quedar churruscado como la colilla de un puro.

Finalmente, y tras varios arreones en los que estuve a punto de dislocarme un hombro, conseguí sacar la mano de ahí.
Quedé un poco aturdido, y si hay algo que recuerdo con firmeza es la sensación de tener la garganta reseca y dolorida, producto de los chillidos que seguro habían escuchado todos los vecinos. Me miré inmediatamente los dedos, y a pesar de notar una quemazón, a simple vista no parecían sufrir ningún daño.

Pasó un rato hasta que me recuperé del susto. Y si hay algo que me puso en situación, fue un extraño ruido que oía a lo lejos, insistente. Una voz como de ultratumba, constante y desesperada. Fue entonces cuando recordé que justo antes de mi aventura de detrás del mueble estaba hablando con mi madre, la cual debería estar sufriendo al escuchar mis gritos desesperados y constatar que pasaban los segundos y yo no acudía de nuevo al teléfono.
Tan pronto me percaté de todo, fui veloz hacia la mesilla y cogí el auricular con apremio.
Mi madre hizo lo que hacen todas las madres en una situación así: asegurase de que yo estaba bien, para acto seguido meterme una bronca de cuidado. Aguanté el chaparrón con estoicidad. Mi madre, convulsa, me dijo que no me moviera del sillón, que iba a llamar a la vecina para pedirle si podía quedarse conmigo.
Me colgó sin miramientos, y entonces me quedé abatido en el sillón.
Empecé a valorar todo lo que había pasado. Yo quería ser mayor y hacer cosas de mayores, como quedarme sólo en casa. Pero la primera vez que tengo la oportunidad de demostrar que ya no soy un niño casi me quedo electrocutado amorrado a un trifásico.

Conservé la esperanza de que la vecina no estuviera, y que por tanto me tuviera que seguir quedando en casa. Podía ser una segunda oportunidad… pero el sonido del teléfono rompió aquella pequeña brizna de fe.
Mi madre, enojada, fue clara y concisa: ve a casa de Cecilia. Ya le he dicho que te ponga dibujos toda la mañana. No te muevas de delante del televisor hasta que yo vuelva. Y, sobretodo, no le molestes.

Mi fracaso se había consumado. Mi libertad había durado menos que un caramelo en la puerta de un colegio, y aún no eran las diez de la mañana y ya volvía a ser un niño del cual alguien tiene que encargarse.
Salí al portal y me dirigí hacia el piso de delante, donde vivía Cecilia. Lo más grave era que Cecilia era la madre de Victor, mi mejor amigo. Mi humillación no podía ser mayor.
Llamé al timbre y esperé, cabizbajo.
Cecilia abrió la puerta.
Y allí hallé, delante de mí, una de las miradas que más me han sorprendido en toda mi vida. Descubrí que Cecilia me miraba con una expresión en la cara muy difícil de definir. ¿Era aquello compasión?... no podía decir que lo fuera, porque al mismo tiempo se intuía que luchaba por contener una sonrisa. ¿Es posible que fuera preocupación? Sí… podría serlo, porque en su semblante se adivinaba una mueca de angustia. Pero había algo en sus ojos que no irradiaba desasosiego, sino ternura. O quizás simpatía. ¿Cómo podía haber en una mirada tantos gestos contradictorios? ¿Por qué no era capaz de entender aquella mirada?
Si había una razón que me impedía interpretar todo aquello, es porque aquella mirada, aquel semblante, era una mezcla de demasiadas cosas.
Más tarde supe la razón, pero en aquel momento todo me parecía muy difícil de encajar.
–Pasa –me dijo, con una voz neutra que añadió más confusión a todo.
Me llevó hasta el comedor y me puso la tele. Suspiré aliviado al comprobar que ni Víctor ni su hermano Gerard estaban en casa.
Me preguntó si estaba bien y yo asentí sin demasiado entusiasmo.
Me puso dibujos animados y me informó de que ella estaría en la cocina, por si necesitaba algo.

Me costó centrarme en la televisión, yo andaba en aquellos momentos probando el sabor de mi primer fracaso importante.
A pesar de mi pubertad, era muy consciente de que había malbaratado la primera oportunidad de demostrar que ya había dejado atrás la niñez.

El mundo de los preadolescentes es un escenario macabro donde confluyen demasiadas contradicciones al mismo tiempo. El anhelo por parecer mayor es tan contundente que resulta hartamente incomprensible, especialmente cuando es notorio que aún no se ha marchitado la inocencia de los pocos años de tránsito en el camino de la vida.

Poco a poco me fui dejando abducir por los dibujos animados y conseguí olvidarme de todo lo que había sucedido. Las horas iban pasando sin sobresaltos y tan sólo Cecilia, con sus frecuentes visitas, interrumpía la sucesión continua de la programación infantil veraniega.
Venía a menudo, secándose las manos en el delantal que llevaba puesto.
–¿Estás bien? –me preguntaba, en cada una de sus inspecciones.
Yo nunca contestaba con contundencia, apenas una mueca se me escapaba con insuficiencia intentando denotar que no había motivos para preocuparse.
Pero si había algo que me inquietaba y me intrigaba era la mirada que ella me seguía dirigiendo cada una de las veces que me preguntaba por mi estado. Si en aquel momento hubiese sabido quién era la Gioconda, hubiese pensado que al lado del de mi vecina lo suyo era un posado fácil de interpretar.
¿Cómo podía haber, en la mirada de Cecilia, expresiones tan contradictorias? A veces pensaba que se reía de mí, pero inmediatamente lo descartaba porque en su cara se advertía una preocupación real, un estado de innegable inquietud.
Cada una de sus miradas, en cada una de sus frecuentes visitas, aportaba todavía más incertidumbre al vano intento de descifrar la inclasificable manera en cómo me escrutaba.

Finalmente, llegó el mediodía y el timbre de la casa sonó. A esa hora, y porque ya había calculado cuándo sucedería, tan sólo podía ser mi madre que venía a recogerme.
Cecilia le abrió la puerta y de inmediato el ruido de sus tacones al caminar inundó la estancia. Yo me levanté del sofá, esperando que ella atravesara el pasillo y llegara hasta el comedor.
En pocos segundos estábamos los dos, madre e hijo, frente a frente.
Y entonces sucedió: su mirada y todo su semblante parecieron transformarse y, ante mi total asombro, en su cara se dibujó exactamente el mismo gesto, la misma mueca que Cecilia me había dirigido durante toda la mañana.
¿Cómo podía mi madre ejecutar con tanta similitud un gesto ajeno? ¿De dónde nacía esa mezcla de tantas posibles interpretaciones? ¿Qué era aquella mirada que indicaba preocupación e intranquilidad, pero que venía acompañada de una media sonrisa camuflada de manera forzada?

A partir de entonces todo sucedió deprisa. Mi madre fijó su mirada diez centímetros más arriba de mis ojos y su mano inició un movimiento decidido. A medida que su brazo se iba acercando hacia mí, de manera atropellada empecé a entenderlo todo a pesar de que luchaba por encajar lo antes posible cada una de las cosas que estaban sucediendo. Mi madre asió con su mano mi pelo con una pulcritud que sólo está al alcance de la dulzura con la que un progenitor toca a un hijo. De repente, me acordé del tupé de George Michael que me había hecho a primera hora de la mañana y en el cual ya no había vuelto a pensar. Fue justo en ese momento en que todo encajó, por eso las palabras de Cecilia cayeron como losas en el desamparo del niño que todavía era.
–No estaría de más que lo llevaras al hospital a que le echaran un vistazo –dijo. Le debe haber pegado un buen calambrazo para que se le haya quedado el pelo así, de punta.

Cualquier signo que pudiérase interpretar como divertido se disipó en las facciones de mi madre. A partir de entonces, sus gestos ya sólo mostraron angustia. De hecho, se sentó en la silla que había a su lado y se tapó la cara con la mano en lo que era un gesto muy suyo.
Siempre fui consciente de que en aquel momento tuve la oportunidad de atajarlo todo de raíz. Era tan sencillo como decir que aquellos pelos de punta no eran sino el resultado de una creación estilista que me había querido hacer para parecerme a George Michael.
Pero no lo hice.
Más tarde, y con el paso de los años, pude comprender la razón por la que no quise decirlo, pero en aquellos momentos tan sólo sabía que la mera idea de confesar que me había pasado un buen rato delante del espejo peinándome me avergonzaba terriblemente.
Preferí que mi madre sufriera, a pesar de que verla en aquel estado me hacía sentir culpable.

Empezó una retahíla de preguntas. Que si cuanto tiempo me había quedado atrapado en el enchufe, que si notaba ahora algún cosquilleo en alguna parte del cuerpo, que si podía mover brazos y piernas sin dificultad
Nunca tuve ninguna duda en que no desvelaría nada. Me sentí mezquino, pero pensé que en poco rato, y si conseguía demostrar que estaba bien, todo habría pasado.

Es curioso constatar hasta qué punto podemos llegar a ocultar cosas por temor a sentirnos avergonzados. Y por aquel entonces, cuando estaba en la transición de dejar atrás la infancia y convertirme en un mozuelo, la simple idea de que alguien pudiera llegar a pensar que yo era gay me parecía simplemente aterradora. De hecho, en aquella época no se hablaba de gais sino de mariquitas en el mejor de los casos o de puto maricón en el peor de ellos.

Por eso hoy, 25 de junio de 2018, día en el que George Michael cumpliría 55 años, he querido recuperar este episodio, porque todavía me duele su muerte cuando ya han pasado casi dos años.
Siempre he tenido la sensación de que cuando se mueren nuestros ídolos de infancia se muere una parte de nosotros. Con ellos se va el despertar de una nueva vida, el descubrimiento de lo desconocido, el alboroto de la preadolescencia.
Para mí, George Michael siempre irá unido a la dulce sensación de los primeros enamoramientos, al hallazgo de la gran combinación que hacen la música y el amor, al entusiasmo de cuando mis padres compraron una cadena musical y eso se convirtió en un acontecimiento familiar.

Yo quería ser como George Michael, pero sin que nadie pudiera llegar a pensar que era gay.
Si yo pasé por esta etapa en la que me atemorizaba el hecho de poder sembrar la menor duda, no quiero ni imaginar lo que debieron pasar los gais en aquella época.
Por eso hoy, con mi post no quiero sólo honrar a la insustituible figura del músico británico, sino que este escrito pretende ser también un reconocimiento a los homosexuales de aquella época que lucharon a escondidas y desde el armario para normalizar una cosa tan bonita como el amor entre personas del mismo sexo.

Y es también, cómo no, un homenaje a todas las madres que sufren por sus hijos.



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3 Comentarios
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25/06/2018 - Ubay
Enorme relato. Me encanta cómo transmites las emociones más íntimas cuando escribes Xavi. Te lo digo 'sin
mariconadas', ¿eh? ;-) un abrazo
26/06/2018 - Xavi
Jejeje, gracias Ubay!
27/06/2018 - Pilar
Hola. Sigue escribiendo, me encantan tus relatos. Gracias por compartirlos conmigo.

 
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