La ambulancia. Una historia de amor en el exilio
Xavi Molins
Xavi Molins
La ambulancia
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LA AMBULANCIA
Una historia de amor en el exilio

Año de publicación: 2016
Novela histórica.



PRÓLOGO
Cuando publiqué mi primer libro, mi abuela me llamó. Quería verme.
–No sabía que eras escritor –me dijo.
–Bueno... es lo que pretendo –contesté un poco ruborizado, pues por aquel entonces me daba hasta un poco de vergüenza confesar que quería ganarme la vida escribiendo.
Sin vacilaciones, procedió a explicarme el motivo por el cual quería hablar conmigo.
–Me gustaría que escribieses un libro. Un libro que relate cómo tu abuelo y yo vivimos los años de la Guerra Civil. ¿Te conté alguna vez que huimos a Francia? Nunca he podido olvidar el sonido de las balas cuando tratábamos de cruzar la frontera.

No tardé ni un segundo en decirle que me encantaría hacerlo.
En aquel mismo momento, le propuse llevar a cabo sesiones en las que me explicase todo cuanto recordaba.
Tenía ochenta y siete años y estaba enferma, pero sus recuerdos eran tan jóvenes como ella lo era cuando estalló la guerra. Recostada en su sofá, me relataba una historia tan fascinante, inverosímil y estremecedora que me costaba imaginar que hubiera podido tener silenciados aquellos hechos durante tanto tiempo.
–¿Por qué nunca me habías explicado esto? –le pregunté, pero no obtuve más respuesta que una mueca silenciosa.
Volví a ser un niño, ávido de escuchar relatos de hazañas y aventuras. Sin embargo, lo que mi abuela me contaba no eran leyendas ni fábulas, sino que, sorprendentemente, era la realidad de su pasado.
Sabía captar mi atención cuando hablaba. Yo intuía que la historia se ponía emocionante cuando ella tomaba mi mano y la apretaba con fuerza. Las suyas, estaban salpicadas con las usuales manchas de la edad.
Padecía la enfermedad de Parkinson, pero nada le temblaba cuando se enfundaba en la piel de la muchacha que había sido.
El inexorable paso del tiempo no sólo no le había hecho olvidar los detalles de su adolescencia y juventud, sino que los había potenciado. Los quince años de su primer amor eran el hilo conductor que nos atrapaba a ambos: para ella, era el recuerdo mejor conservado. Para mí, la prueba inequívoca de que las mejores historias están detrás de quien menos te lo esperas.

Aveces hablaba como si yo no estuviera allí, como si murmurara para sus adentros. Esos impagables momentos son los que yo quería plasmar en la novela de su vida, la historia que podrían leer sus hijos, sus nietos, sus bisnietos...
A los que no hemos vivido una guerra, se nos hace muy difícil entender cómo el ser humano es capaz de soportar tanto sufrimiento.
–Abuela, no puedo creer lo que me estás contando –le decía cuando me explicaba pasajes de su vida que parecían extraídos de novelas de ficción.
–Pues así sucedió –contestaba ella, como pidiendo perdón por el simple hecho de ser contemporánea de aquella barbarie.
Era febrero de 2008 y, después de varias sesiones, nos despedimos. Yo me iba de viaje y estaría varios meses fuera.
–Aprovecharé para ir perfilando el libro. Cuando vuelva, nos encargaremos de los detalles. ¿Te parece bien?
–Me parece perfecto –me dijo, sin poder ocultar la tristeza de saber que estaríamos mucho tiempo sin vernos.
Me arrancó la promesa de que el libro sería una realidad. Al despedirnos, los dos supimos que estábamos en deuda el uno conel otro: ella me había regalado una historia preciosa, yo había sido el atento espectador después de tantos años de silencio. Por eso, una sonrisa cómplice se nos dibujó a ambos en la cara antes de que la puerta se cerrara.
Fue la última vez que la vi.
En el transcurso de mi largo viaje ella murió en un accidente de tráfico. Se fue, y con ella se marchó la posibilidad de saber todavía más cosas de su intenso pasado. Nos quedaron pendientes algunas sesiones en su salita de estar, pero ya el destino no podría solventar aquella deuda. Pese a todo, sabía que tenía en mis manos el incalculable tesoro de la historia de su juventud, así como la responsabilidad de convertir en inmortal su vida y la de miles de personas que tuvieron que enfrentarse al terror del fascismo.

Hubo una época en que me atormentó el hecho de que no nos hubiera dado tiempo a ahondar más en todo cuanto había sucedido en aquellos tiempos tan convulsos. Me hubiese gustado preguntarle qué sentía en cada momento, cuáles eran sus emociones, en qué pensaba para poder soportar el padecimiento.

Con el tiempo, entendí que la mejor manera de resignarme era intentar sacar provecho de esas lagunas y suplir la falta de información con la virtud de intentar ponerme en su lugar en cada uno de los momentos que ella había vivido.
Fue hermoso y duro a partes iguales.
Conseguí adentrarme tanto en la historia, que había momentos en que me creía un personaje más. Trascendía a mi papel de narrador, y a menudo tenía la sensación de que yo estaba allí también, sufriendo con ella. A veces, incluso, me sorprendía a mí mismo tratando de hablarle, como si fuera posible que yo pudiera calmarla y decirle que todo iba a salir bien. Como si hubiera un nexo entre el pasado y el futuro y, desde mi postura de narrador, pudiera hablar con la joven que no sabía si iba a sobrevivir a la guerra. Y entonces, yo le decía: «Sí, tranquila... sobrevivirás».

Fue tan fácil implicarse en la historia, que tuve la imperiosa necesidad de emprender un viaje para visitar los mismos puntos por donde ella, junto a mi abuelo, pasó en su huida a tierras francesas. Como si el hecho de que yo visitara los lugares donde ellos vivieron su exilio pudiera apaciguar y curar, al cabo de tantos años, las heridas causadas por semejante tragedia.

Llevé a mi hija, de apenas tres meses, a los sitios donde sus bisabuelos sufrieron lo indecible. De todos los lugares, en el que más me recreé fue la playa de Argelès-sur-Mer. Quise saber qué sintió ella en aquel lugar, así que me detuve e imaginé el escenario que tantas veces mi abuela me había detallado y que yo tan meticulosamente he tratado de describir: la playa, rodeada por una hostil alambrada de púas. Envuelta en un halo siniestro, febril.
Y entonces sucede.
Pasado y futuro se encuentran en un presente imaginario. De pie, mirando al mar, me dispongo a recrear escenas de aquellos días de guerra, tratando de ponerme en su piel aunque eso signifique vivir momentos dolorosos que ella quiso olvidar. De repente, los parasoles de colores se desvanecen y todo se tiñe de blanco y negro.
Observo a mi alrededor y me invade la sensación de que me hallo en un lugar tenebroso, a pesar de que a unos metros de mí unos chicos están tomando el sol plácidamente.
Pero yo ya no los veo.
Yo tan sólo puedo contemplar un paisaje desolador. La playa no es un lugar amable, sino que es un terreno cercado por unas vallas desagradables e intimidatorias.
Dentro, retenida, está ella. Permanece tumbada en la fría arena y llora desconsoladamente. Tiene apenas dieciocho años, pero el sufrimiento la ha obligado a madurar hace ya tiempo. De pronto, la realidad me devuelve al presente cuando unos turistas ríen mientras salen del agua. «¡Qué ironía!», me da por pensar.

Vuelvo a sumergirme en la escena de la muchacha que está tumbada en la arena y cuyas fuerzas están a punto de agotarse. «Aguanta un poco más –le digo–. Sólo un poquito más».
Pero ella cree que ya no hay esperanza.
Sigue llorando, pero intenta no hacer ruido. Siente un miedo atroz y está a punto de tirar la toalla. Yo intento consolarla: «Sobrevivirás, ya verás como sobrevivirás».
Sostengo a mi hija en brazos.
«Y yo estaré aquí para contarlo todo».
Las lágrimas que caen por sus mejillas se mezclan con la arena de la playa. Ahoga su llanto para no despertar a nadie. De fondo, el sonido de las olas del mar se confunde con los jadeos y los pasos de uno de sus captores al acercarse. Está convencida de que viene a por ella.
«Sobrevivirás –vuelvo a decirle–. Y nada ni nadie, ni siquiera los que te tienen presa, podrán impedir que yo venga aquí, setenta y cuatro años después, a presentarte a tu bisnieta».



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