Estamos en manos de inútiles y de bandidos
Xavi Molins
Xavi Molins
La ambulancia
¿Sobre qué escribo en esta web? Libros, viajes, emprendimiento, política, fútbol... y sobre todo aquello que me apetece compartir contigo.



Estamos en manos de inútiles y de bandidos
Publicado el Martes 14-04-2020 - (6 comentarios)





Eran aproximadamente las dos de la tarde. Los viernes a esa hora siempre sucedía lo mismo: el capitán nos formaba delante del edificio donde vivíamos los soldados. Era la hora de repartir los permisos de fin de semana.
Ese día a esa hora representaba el momento más tenso para muchos de los soldados. Para mí no, puesto que yo ya sabía que no me iba a ir a Barcelona de fin de semana. Generalmente porque acostumbraba a estar arrestado, pero aún en el caso de que no fuera así, yo prefería quedarme en Zaragoza.
Sin embargo, para casi todos los demás esos minutos que pasaban entre que nos formaban hasta que nos daban los permisos eran angustiosos.

Todos sabíamos que ese viernes no iba a ser un viernes cualquiera. Algo había sucedido y se palpaba en el ambiente cierto desasosiego.
Cuando el capitán nos tuvo a todos formados delante de él, se dirigió a la tropa de forma vehemente.
–Como ya sabéis algunos de vosotros, ha habido un robo esta mañana. Ha desaparecido el reloj de un soldado –anunció contundentemente.
Lo cierto es que a esas alturas ya todos estábamos al caso de ese hurto, así que a nadie le cogió por sorpresa esa noticia.
El capitán tenía una cara de enfado que, bajo mi punto de vista, resultaba un tanto desproporcionada en relación a lo sucedido. Sí, de acuerdo, no estaba bien que alguien hubiera robado un reloj, pero su posado me parecía sobredimensionado.
Continuó con su discurso.
–Exijo que la persona que ha sustraído el reloj dé un paso al frente. Si tiene el valor de hacerlo y de reconocer su culpa, nada le sucederá.
Dejó un par de minutos, pero nadie dio un paso al frente.
Volvió a la carga, esta vez con más vigor en su voz.
–Ya que el ladrón no tiene agallas para dar la cara, os pido a los demás que si alguien sabe quién ha sido, que dé un paso al frente y lo diga.
Dejó también un par de minutos, e igual que en la ocasión anterior, nadie dio un paso al frente. Durante todo ese tiempo se dedicó a ir de arriba abajo, con las manos en la espalda, mirándonos a todos con un gesto muy parecido al desprecio.
Finalmente, lanzó su órdago.
–Voy a dar un rato más. Si el ladrón no sale, y si nadie tiene la valentía de desenmascararlo, nadie se irá de fin de semana y permaneceréis todos arrestados –sentenció de manera enérgica.
Se oyó un profundo lamento de todos los que conformábamos aquel escuadrón. Aquello significaba un duro golpe para todos aquellos que habían hecho planes para irse el fin de semana a su casa. La alternativa era quedarse encerrados en aquel recinto militar, sin poder salir más allá de las vallas que delimitaban el perímetro.
Como era de esperar, nadie dio un paso al frente, ni para reconocerse como ladrón ni para acusar a otro de serlo.

El capitán, cumpliendo su palabra, nos arrestó a todos y no dio ningún permiso de fin de semana. Acto seguido, mandó a romper filas.
En lugar de rodear el lugar donde estaba el capitán y el resto de mandos, como hizo la mayoría, decidí cruzar directamente para así poder pasar delante de él. Lo miré de una manera estudiada, sabiendo que aquello le iba a hacer reaccionar. Por una simple razón: él y yo ya hacía meses que nos buscábamos. Éramos enemigos íntimos, y si hay alguna razón que impedía que ambos nos detestáramos mutuamente con la misma intensidad, era el hecho de que él era un hombre grandote y bobalicón sobre el cual nunca fui capaz de verter todo mi odio. En cambio, estoy seguro de que él si llegó a odiarme, porque en aquel entonces yo era un pipiolo de 18 años descarado, irrespetuoso y con la frescura del que no tiene nada que perder.
–¿Por qué me miras así? –inquirió visiblemente molesto.
Dudé por un momento, puesto que sabía que me estaba jugando algo más que un arresto.
Pero el muchacho provocador que yo era en aquel entonces no pudo resistirse:
–¿Eso es todo lo que sabe hacer? –le pregunté burlescamente.
No solo fue él quien se quedó perplejo, sino también el resto de mandos que estaban a su lado. Lejos de amedrentarme, saberme con la capacidad de dejar atónitos a todos aquellos a los que yo consideraba mis rivales me dio el coraje que necesitaba para intentar hacer sentir como un memo a aquel capitán al cual se la tenía jurada.
–¿Roban un reloj y su gran aportación es arrestarnos a todos?
Aquellas palabras, saliendo de mi boca, representaban puñaladas hacia todos los que eran mis superiores en rango, pero que en aquellos momentos situé por debajo mío porque no hay nada más humillante que ver cómo alguien que te tiene que obedecer decide desafiarte.
Me supe vencedor de antemano, así que no me tembló la voz.
–¿Usted cree que ante una posible guerra nosotros obedeceríamos lo que nos ordenara, habiendo demostrado hoy sus pésimas dotes de estratega? ¿Usted cree que pondríamos nuestras vidas en sus manos?
No fueron esas mis palabras exactamente. Tantos años después me es imposible transcribir lo que le dije, pero el mensaje era ese.
La cara del capitán se desencajó. Vi fuego en sus ojos, pero su mirada desdibujada no era producto de la cólera que le hizo sentir lo que yo dije, sino darse cuenta de que tenía razón y que estaba quedando delante de los otros mandos como un completo idiota.
A la desesperada, no encontró mejor opción que interpelarme directamente, lo cual fue una mala idea por su parte.
–¿Y tú que hubieses hecho, tío listo?
Me tomé un par de segundos para responder, a pesar de que tan pronto él formuló la pregunta yo ya sabía lo que iba a contestar. Solo tenía que pronunciar la última frase, que tenía guardada desde hacía rato. Sabía que le dolería, así que decidí que tan pronto aquellas palabras salieran de mi boca enfilaría camino a mi habitación, sin dejar tiempo a una réplica.
–Probablemente lo mismo –contesté acompañando mis palabras con un ligero movimiento de manos–. Pero yo no he estudiado siete años una carrera militar.

Han pasado muchos años de ese suceso. Tantos, que no me atrevo a contarlos. Pero hoy siento algo muy parecido a aquel día.
Escribo esto desde el piso de Kuala Lumpur en el que vivo, en plena crisis del coronavirus COVID-19. Sigo día y noche las noticias que llegan de España. Estoy confinado también, desde hace casi un mes. Estoy con mi mujer y mis dos hijos, uno de ellos apenas un bebé de un año y medio.
Y asisto desde la distancia a este penoso momento, en el que una sociedad entera se va a ir a pique durante unos cuantos años.
No va a ser el virus el causante de este derrumbamiento, sino la incompetencia de los que están al mando durante estos días.

Ya no soy un sinvergüenza descarado de 18 años, tampoco soy aquel post-adolescente que no tenía nada que perder. La vida ha sucedido, y por el transcurso no he podido evitar convertirme en adulto, muy a mi pesar. El curso de los años me ha llevado a desembocar en la arena de una playa en la que nos encontramos todos aquellos que somos padres y que por tanto sufrimos más por el mundo que les dejaremos a nuestros hijos que no por el mundo en el que vivimos actualmente.

Es entonces cuando todo se vuelve dramático, al comprobar que el mundo de mañana va a ser el resultado de las decisiones que tomen los que están ahora arriba.
Cuando el coronavirus empezó a mostrar sus garras, acudió a mi mente un suceso que pasó recientemente, para mostrarme el riesgo que corríamos. Recordar aquel suceso me hizo tomar consciencia de que íbamos a vivir una emergencia de un calibre inimaginable y los que en teoría tenían que salvarnos eran los mismos que un buen día construyeron un submarino que no flotaba porque pesaba demasiado. Lo alargaron 10 metros para así redistribuir el peso. Entonces el submarino flotó, pero no cabía en el puerto.

Hay un nexo muy fuerte entre lo que siento hoy y lo que sentía aquel descarado que tantos años atrás se indignó ante el comportamiento de su capitán. Es la desolación de comprobar que tu vida está en manos de inútiles.

Cuando España decidió que la mejor manera de evitar que el coronavirus se expandiera era confinarnos a todos, tuve la misma sensación de extrañeza que cuando el capitán dijo que la solución que iba a aplicar era arrestarnos a todos.
Digamos que es la solución fácil.
Son teorías incontestables, no admiten discusión.
Si tú sabes que hay un soldado que ha robado un reloj, arrestando a los 50 te aseguras que el ladrón va a ser castigado. Simplemente se trata de considerar que los otros 49 soldados son daños colaterales.
Este tipo de teorías son efectivas y fáciles de aplicar. No hace falta ser un erudito ni una persona brillante. Ni siquiera ser inteligente. Se trata de aplicar una medida que acabe con el problema, pero obviando las consecuencias de la medida.
Con este sistema, no hay problema que no tenga solución. De hecho hay una teoría que dice que es muy fácil acabar con la pobreza. Es tan sencillo como matar a todos los pobres.
Con lo del coronavirus pasa lo mismo. Si tú tienes encima de la mesa el problema de un virus que se transmite muy fácilmente, que ataca especialmente a personas mayores y con la salud delicada y eso conlleva la saturación del sistema sanitario, la solución más efectiva y fácil de aplicar es encerrar a todo el mundo. Lo único que tienes que hacer es obviar las consecuencias que tendrá ese encierro, pero nadie te puede decir que la solución no es efectiva.

Puede ser que alguien, tras leerme, pueda hacerme la misma pregunta que me hicieron tantos años atrás.
–¿Y tú que harías, tío listo?
Y mi respuesta sería igual que la de entonces.
–Probablemente lo mismo. Pero yo no me he formado para ser presidente de un país, ministro de Sanidad ni director de la OMS.

Existe una obviedad que a estas alturas es irrefutable, y es que nuestra sociedad está capitaneada por gente que no son genios, que no son brillantes y que tienen que adoptar medidas fáciles y sencillas porque no tienen más recursos, de igual manera que mi capitán no los tenía y tuvo que adoptar soluciones simples.

Por otra parte estamos nosotros, la tropa. No se nos puede acusar de poca inteligencia ni de falta de capacidades porque ese no es nuestro cometido. Sí que lo es el de nuestros líderes.
De lo que sí se nos puede acusar es de pusilánimes, de falta de espíritu crítico, de aceptar cabizbajos todo lo que somos capaces de resistir.

Para mí ha sido muy lastimoso comprobar hasta qué punto ha sido fácil encerrarnos a todos en nuestras casas, sin ni siquiera oponer resistencia, sin voces discordantes, sin intentar obligar a los de arriba a tomar otro tipo de medias que pudieran ser igual de efectivas pero menos dañinas en el medio/largo plazo.
De hecho ha sido una gran sorpresa ver cómo nos hemos comportado como un rebaño, dóciles y obedientes, guiados por un miedo que nos han inculcado a consciencia, y que nos impide ver que quizás se podrían hacer las cosas de diferente manera. Nos han metido en la jaula sin apenas insistirnos. De hecho, casi nos hemos autoconfinado. Ha bastado un poquito de miedo para que abandonemos todo ideario de libertad, y la hemos sacrificado en pos de una protección de aquellos que precisamente son los culpables de este desastre. Son ellos los que llevan años recortando la sanidad pública, son ellos los que se jactaban de haberse cargado la sanidad de Cataluña por motivos políticos, son ellos los que arman los presupuestos de los estados. Sin embargo, tras haber demostrado fehacientemente su ineptitud y dejando al descubierto la manera en cómo siempre sacan provecho de nuestras desgracias, nos piden que nos encerremos en casa, que paremos nuestros mundos, que nos juguemos nuestro porvenir y el de nuestros hijos… y les hacemos caso.

Somos como una gran masa que actúa hipnotizada y sin pensamiento propio. Nos dicen que hay que salir a aplaudir a las ocho de la tarde, y lo hacemos. Se nos dice que salgamos a pegar golpes a una cacerola y lo hacemos. Nos instan a que repitamos como un mantra que ‘todo va a salir bien’, y lo hacemos como bobos aún a sabiendas de que ya hace mucho tiempo que todo está saliendo mal.
Que nadie ponga en duda que también se nos pedirá que paguemos los platos rotos de todo lo que está pasando. Y lo aceptaremos, como lo hemos aceptado siempre.

Y al lado de los inútiles que provocan situaciones como las actuales, están los bandidos que van a sacar tajada de todo esto, alentados al comprobar que se hallan delante de una población asustada a la que es muy fácil controlar, basta apenas unas poquitas dosis de terror bien dirigidas. La manera en cómo hemos entregado nuestra libertad aceptando un confinamiento a la primera de cambios, sin apenas pedir explicaciones, nos va a salir muy cara.
Las hienas ya han olido nuestro miedo, y vendrán a por nosotros.

Volviendo al pasado, finalmente el reloj apareció.
No ese viernes. Tampoco durante el fin de semana en que estuvimos todos arrestados. Ni en las semanas posteriores. Fue al cabo de varios meses. De hecho, el episodio había quedado olvidado por todos.
Pero un día, el amo del reloj lo vio, reluciente en la muñeca de otra persona. Fue corriendo al despacho del capitán para informarle.
–¿Estás seguro de que es tu reloj?
–Casi completamente. Y si lo puedo tener en mis manos, podré asegurarlo, ya que tenía una marca.
–¿Quién lo tiene? –preguntó el capitán.
–No conozco al chico que lo lleva, es el que ha venido nuevo.
Se refería a un joven que había entrado recientemente en la compañía, como estudiante de carrera militar.
Se dieron cuenta de que no podía ser, ya que ese chico apenas llevaba una semana en el cuartel y el incidente del reloj hacía meses que había sucedido. Seguramente sería un reloj igual, pero no el mismo. A pesar de todo, se dirigieron ambos hacia aquel joven.
El capitán le pidió con buenos modales que le prestara el reloj un momento, a lo que él no se negó. Lo tomo en sus manos, y se lo entregó al presumible amo.
–Es mi reloj –anunció sin ningún tipo de duda.
El capitán se dirigió hacia aquel joven militar, cuyo rostro mostraba incredulidad.
–¿De dónde has sacado este reloj? –le preguntó a bocajarro.
–Me lo encontré por casa –contestó–. Supongo que debe ser de mi hermano.
–¿Y quien es tu hermano? –inquirió el capitán.
–El sargento Oliver.

La tropa siempre acaba recibiendo las consecuencias de todo. Siempre.
Y en la mayoría de casos, no tiene ninguna culpa.
Y también en la mayoría de casos, la culpa la tienen los mismos que infligen los castigos.
Ellos.
Los inútiles que dirigen nuestras vidas.
Y los bandidos que se aprovechan de los inútiles.
Misma clase, diferente pelaje.

Preparémonos para lo que se nos viene encima.
Nos van a pedir que hagamos sacrificios. Algunos de ellos muy duros. Nos van a pedir que renunciemos a muchas cosas, que nos olvidemos de todo aquello que teníamos.
Las cuentas del estado se cuadrarán con lo que nos puedan sacar de los bolsillos. En el mejor de los casos nos dejaran las migajas para sobrevivir. En el peor de los casos, ni eso.

Nuestra libertad se verá amenazada, pero no nos daremos cuenta porque ya nosotros mismos la hemos entregado a cambio de una supuesta protección. Nuestro miedo va a ser su gasolina, y nos robarán en casa para luego venirnos a vender la alarma.
Y, como siempre, se la compraremos.
Porque a partir de ahora, vamos a comprar seguridad a costa de vender libertad.
Que nadie dude que ese será el trueque.
Todo perfectamente monitorizado por entes, estados, multinacionales, organismos internacionales, farmacéuticas, mafias alimentarias y pistoleros varios.

Y el gran error de la tropa habrá sido no sublevarse cuando aún había posibilidades de salir airosos. A partir de ahora será mucho más difícil.
Hemos cometido el error de no rebelarnos contra las injusticias, de mirar hacia otro lado cuando las cosas no nos afectaban directamente, de dejar que nos desmantelaran la sanidad, de permitir que nos confinaran a todos sin exigir medidas más inteligentes.
Un solo error, la pasividad, que nos va a traer dos grandes castigos.
El primero ya lo hemos recibido. Miles de muertos en circunstancias penosas con historias personales traumáticas detrás de cada caso, acompañado de la galopante crisis económica que ya está empezando a hacer estragos.

El segundo castigo vendrá más adelante, y nos privará de la libertad individual que se le presupone a cada ser humano al nacer.

Dos castigos muy severos, que cambiarán nuestras vidas.
Y todo, por no tener valor de defender lo nuestro.
Dos losas que nos van a lastrar durante mucho tiempo.
Y es entonces cuando me viene a la mente otro episodio entre un capitán y un soldado. En este caso no es una historia real, como la que he contado, sino un chiste, creo que de Eugenio.
El capitán se dirige al soldado, al que le dice:
–A usted, no le vamos a dar una medalla, sino dos.
–¿Ah sí? –contesta el soldado con los ojos llenos de ilusión.
–Sí –contesta el capitán–. Una por gilipollas, y otra por si la pierde.



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6 Comentarios
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14/04/2020 - alejandro
No me va política , ni fútbol, ni religión, Nací país vasco y es muy diferente con carácter mediterráneo, lo que
cuentas y explicas tendría que empaparse toda la ciega sociedad que como dices se ha rendido o conformado,
yo siempre he dicho que nado a contracorriente, me pongo como si fuese un pájaro encima de una rama y
observo a mi alrededor viendo lo que dices a mi conciudadanos, ¿que se puede hacer? yo me canse de tirar
del carro solo, que cada uno se arregle a sus medios conformistas, soluciones sencillas NO veo, como dices si
que inunda todo el CONFORMISMO o disfrutar del botín conseguido a nivel individual, aunque solo sirva para
aguantar esta tormenta que se nos avecina, Según lo que tu cuentas es mas triste todavía pues lo que nos
hace obedecer y parar lo impensable en nuestros días es el miedo, obtenido de una posición de conformismo
ante las acciones de nuestros representantes, cada vez peores, Hemos llegado a un punto sin retorno y como
en la mili, te has de comer todo, aunque el que mande sea el peor cabo chusquero que exista, En mi vivencia
con la mili gané, ya que hize una 3ª parte ganando individualmente al todopoderoso ejercito, no deseo
medallas pero si te contesto a ¿Y tú que hubieses hecho, tío listo? luchar por lo que uno cree o tiene por
, no me rindo, pero tampoco lucho, estoy cansado y he decidido aletargarme con los ojos abiertos. Un abrazo
14/04/2020 - Helena
Gracias por ofrecer tu visión que me inspira a seguir siendo rebelde. Creo que desde la perspectiva del Águila
se ven cosas que la perspectiva de la hormiga no deja ver. El espíritu crítico, la libertad, la capacidad de
responder ante una crisis, requiere más que nunca un paso al frente. Cuidaros mucho en Malasia, y sigue
escribiendo!
14/04/2020 - Lluïsa
Xavi, de nou subscric totes les teves opinions, s'han saltats tots els límits amb la por i el futur que ens espera
a partir d'aqui és bastant fosc si no som capaços de sobreposar-nos a aquesta por. Gràcies per posar paraules
a com em sento i compartir-ho.
14/04/2020 - Ana María
Muy buen artículo ( y muy cierto aunque me avergüence reconocerlo). Soy gran lectora pero, no he leído
ningún libro suyo todavía ... buscaré x internet donde comprar alguno. Un saludo
14/04/2020 - toti
Jajajajajajajajajaja.
Está bien el escrito. Pero... así es la vida muchacho!; va con el pack. Pero eso... se aprende con la edad!
Es más fácil controlar a cuatro imbéciles e inútiles muñequitos (léase políticos y demás fauna)..., que estos ya
se encargarán de controlar a millones de borregos.
Para ir a contra marea... es mejor ir sólo (nadie se preocupará de ti… por que no molestarás a nadie). Y si no
que se lo pregunten a aquel con inquietudes de macho alfa que... lo crucificaron.
Yo decidí desde hace ya muchos años mi futuro... ser ermitaño!. Se vive..., no te lo puedes ni llegar a
imaginar... lo bien que se vive!. Por que de eso se trata…, o no?
15/04/2020 - Josefa Igartua
Me ha gustado el relato. Tengo 77 años y echo de menos cuando de joven luchábamos por obtener mejoras
en nuestro trabajo. Para tener libertades, luchábamos. Hace años que mucha gente aceptamos lo que nos
dan sin chistar. Y cuando chistamos como el 1 de octubre 17, recibimos violencia. Estamos aborregados. Jo
tengo edad de estarlo y me niego, però ahora por ejemplo no me atrevo a salir sinceramente. Si recibí lo mio
el 1 de octubre, però aquello era diferente, teniamos esperanza e ideal. A este virus sí le tengo respeto.
Permanezco confinada.

 
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